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VIVIR UN DUELO ESTANDO EMBARAZADA

Foto del escritor: mamatribudoulamamatribudoula

A raíz de un artículo publicado por Diana Oliver, me apetecía escribir sobre mi experiencia sobre como viví mi duelo estando embarazada.

Mi último embarazo fue ya de por si, complicado. Venía de superar cuatro perdidas gestacionales. Así que los nervios y la incertidumbre eran la tónica dominante durante ese embarazo.

Y en medio de toda esa vorágine de emociones, sobre la semana 16 de embarazo, nos dan la fatídica noticia de la enfermedad de mi padre. Cáncer de pulmón y metástasis en los huesos. Los médicos le dieron tres meses de vida.

Esa noticia fue un jarro de agua fría. Me golpeó de tal manera que creí que me volvería loca del dolor.  Lloraba por cualquier cosa, iba todo el día con un dolor en el pecho horrible. Y me negaba completamente a creer que mi padre se iba a morir.

Estaba enfadada con él, por no haber dejado de fumar, por no haberse cuidado más. Supongo que necesitaba echarle la culpa a alguien.

Me torturaba pensando que nunca más le vería, que nunca más podría abrazarlo, que se iba para siempre de mi lado. Y el dolor iba en aumento.

Sólo rezaba por mi bebé, que estuviera bien, que no sufriera. Le hablaba, le explicaba mis sentimientos, le decía que estaba asustada, que no sabía como gestionar todo ese dolor que me invadía.

Deseaba con todas mis fuerzas que mi padre aguantara hasta que naciera la niña. Quería que viera que había sido abuelo de nuevo, que tras toda mi lucha por volver a ser madre, por fin lo había conseguido. Pensaba hacerle padrino, aunque fuera tan solo por un día.

Pero la salud de mi padre se deterioraba por momentos, a pasos agigantados. No podía comer, se iba quedando sin fuerzas, la enfermedad lo tenía completamente comido por dentro.

Yo, por un lado, sobrellevaba mi inmenso dolor como podía, y por otro sufría de pensar en el daño que podía hacerle a mi bebé. Sentía que tenía como dos frentes abiertos. Me sentía incapaz de sobrellevar tal cascada de sentimientos y emociones. Nada de lo que me decían me aliviaba, ni me hacía sentir mejor.

Además no quería que mi padre me viera llorar o sufrir. Cuando estaba con él, respiraba profundamente, y ponía mi mejor cara. Él no hablaba mucho, sabía que se moría, lo sabíamos los dos, pero no lo decíamos con palabras, porque decirlo en voz alta era aceptar la dura realidad.

Y llegó ese día en que vimos que en casa no podíamos cuidarlo como él necesitaba, así que pedimos su ingreso en paliativos. Allí ya sabíamos que ese era el final.

Intentábamos estar tranquilas, mi madre, mi hermana y yo. Estar a su lado todo lo que podíamos. Sabía que les preocupaba yo, debido a mi estado.

Y a mi me daba miedo estar dañando a mi bebé, que mi sufrimiento le estuviera afectando, que pasara algo malo, incluso me obsesioné con perder a mi bebé.

El día 5 de marzo mi padre falleció. Y yo sentí que caía en picado por un precipicio. Empezaba mi duelo y todas las fases que ello conlleva.

Estaba muy nerviosa, y no me encontraba muy bien. Había empezado a tener contracciones y me preocupaba. Así que fui a hablar con mi matrona. Me explicó que si la niña nacía podría sobrevivir pero que todo era mucho más complicado. Y que lo mejor para la bebé era estar en la barriga de mamá hasta que el embarazo llegue a termino. Me abrazó, y me dijo: por tu padre ya no puedes hacer nada, pero por tu hija si.

Así que me tocó comerme todo mi dolor y concentrarme en mi bebé. Conseguí que la ansiedad remitiera y que el embarazo evolucionara favorablemente. Todo con el apoyo de mi familia, sobretodo de mi hija mayor y mi pareja.

Mi hija pequeña nació finalmente en la semana 37 por un parto inducido. En ese momento en que me la pusieron sobre mi pecho por primera vez, todo mis nervios, todo mi dolor contenido, se mezcló con la inmensa felicidad de haber conseguido ser madre por segunda vez, tras tantas piedras en el camino, y lloré, lloré sin parar, porque necesitaba soltarlo todo

A partir de ese momento, tuve que volver a olvidarme de mi dolor para centrarme en mi bebé, y en mi hija mayor que tanto me necesitaba.

Quizás no he sabido gestionar todas estas emociones, quizás debería haber pedido ayuda profesional, pero no quise, lo admito. Creí que podría yo sola con todo.

Pero el tiempo me ha quitado completamente la razón. Y no, no he podido con todo. Han pasado tres años y hasta hace poco seguía arrastrándome envuelta en mi dolor. Y en mi tristeza.

Hasta que llega un día en que la persona que vive a mi lado, que ve mi día a día, decide darme un tirón de orejas, y admito que no estoy bien y que necesito acabar con todo esto, que necesito pasar página y seguir con mi vida.

Y creo que lo estoy consiguiendo. Con ganas, con fuerzas y con ayuda, se puede salir del pozo en que me sumergí tras perder a mi padre estando embarazada.

La vida es un regalo, y aún que la frase suena a tópico, es bien cierta, hay que vivirla y disfrutarla. Hay que saber pasar pagina y dejar atrás todo aquello que te resquebrajó por dentro, porque todo es reconstruible.

 
 
 

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